... y me sentí independentista
Es curioso el darse cuenta de las vueltas que da la vida, el ver como puedes acabar haciendo lo que estabas seguro que nunca harías, y pensando lo que nunca hubieras creído que pensarías. Rectificar es de sabios, dicen, y reflexionar sobre los cambios que has hecho en tu vida y el porqué de esos cambios también parece entrar en la categoría de sabiduría.
De todos esos cambios en mi vida, que no tiene nada de interesante ni de especial, hay uno que sí puede tener interés colectivo, y es el cambio de pensamiento político que se ha producido en mí en los diez últimos años, puede ser interesante porque hay actualmente (2019) mucha confusión, desinformación, tópicos, e incluso odios seculares en plena ebullición en torno al tema de la independencia de Catalunya como nación y como estado. Por eso me he decidido a mostrar como y porqué se produjo esa transformación tan radical, con la esperanza de que sirva para despejar ni que sea un átomo de esa confusión.
Apolítico, ciudadano del mundo
Recuerdo algunas discusiones sobre política con mi padre, que siempre fue separatista de corazón, catalán y barcelonés orgulloso de su ciudad, votante convencido de la antigua CiU. Él de niño vivió la guerra civil, sabia lo que es salir corriendo de casa al oír las sirenas que avisaban del inminente bombardeo, lo que es ir a visitar al padre en la cárcel durante la posguerra dónde estaba recluido por haber sido suboficial del ejército republicano, o sea un preso político, conoció la miseria y vivió los años de la dictadura de plomo, de la falange entrando en los cines parando la proyección y obligando a los espectadores a cantar el cara al Sol con el brazo en alto, y muchas otras vivencias poco agradables. En el tiempo de aquellas discusiones yo era muy joven, y me declaraba apolítico, es más, me sentía "ciudadano del mundo", me sobraban las fronteras, los países, los nacionalismos, los veía como fuente de discordias, de problemas, incluso de guerras. Por no ser incluso no era aficionado al futbol, me sentía libre de cualquier atadura autoimpuesta relativa a ideologías varias o fanatismos. Y de eso iban las discusiones, pues mi padre me decía "no se puede ser tan neutral, en la vida se ha de tomar partido, siempre". Pero nada, ni caso, me mantuve neutral. Era en los primeros años de la transición, finales delos 70, cuando gobernaba la UCD, y estrenábamos monarquía parlamentaria y Constitución.
Socialista ... ¿utópico?
Y llegó "el cambio" que anunciaba en su propaganda el PSOE de Felipe González, y con él llegó mi mayoría de edad y mi derecho a votar, así que debía tomar partido ... o ser abstencionista de por vida, una posición que me parecía poco democrática si se hace como norma fija, otra cosa es practicarla puntualmente. Me convenció el mensaje del PSOE, realmente parecía que iban a transformar el país, a hacerlo por fin europeo. Y aquí entra en escena una particularidad de mi carácter que siempre me ha acompañado, eso no ha cambiado, y que explica en parte lo que vendrá, y es que me emociona ver y estar en eventos festivos, alegres, celebrativos, multitudinarios, con gente de todo tipo; cuando me veo rodeado de una muchedumbre en la que hay "buen rollo" y vamos todos a un mismo objetivo, se me pone la piel de gallina. La primera vez que me pasó fue participando en la "Cursa de El Corte Inglés".
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| Cursa (carrera) de El Corte Inglés, Barcelona |
Era en 1982; el día de las elecciones había, al menos alrededor de mi colegio electoral, ese ambiente festivo, multitudinario, veía en mucha gente ilusión en sus caras, recuerdo una señora mayor emocionada por que estaba convencida, y así lo explicaba, de que España iba a cambiar, de que por fin después de 40 el socialismo volvería a gobernar. Y me emocioné también, me caló ese ambiente popular, esa ilusión en un proyecto común de mejora social para todos, de progreso real. La señora acertó de pleno: mayoría histórica absoluta del PSOE, y celebraciones multitudinarias por toda España. Es importante señalar que me era absolutamente indiferente quien estaba en las listas electorales, yo votaba un programa, una ilusión, votaba al PSOE de Felipe González, de ámbito global, de toda España, y no me importaba en absoluto que existiera una rama local del PSOE, el PSC, como sucede en todas las autonomías, para mí era un detalle de organización del partido y nada más.
Desencanto ... y catalanofobia
No me extenderé en el análisis de las acciones de aquellos gobiernos del PSOE, basta con decir que muchos de sus votantes esperábamos muchos más cambios (el socialismo puro supongo que siempre ha sido algo o bastante utópico, y sus seguidores suelen ser por ello unos soñadores, pero es sólo una posibilidad), y a medida que pasaron los años el desencanto creció. No sólo no eran capaces de transformar de verdad el país, sino que caían en los viejos vicios de los gobiernos anteriores, a saber, corrupción, prepotencia, desprecio a las manifestaciones de protesta ciudadana (pasividad ante las huelgas generales de los años 80) e incluso terrorismo de estado con los GAL. Me decepcionaron hasta tal extremo que durante años me volví abstencionista.
Paralelamente en esos años de desencanto y los que vinieron luego, ya en la década de los 90 con el gobierno del PP, y en plena época "pujolista", viví mis primeros episodios de esa peculiar xenofobia típica de España que se denomina catalanofobia, una palabra bien fea pero apropiada. A decir verdad, fue de niño cuando la viví por primera vez, allá por principios de los 70: fuimos de vacaciones a Andalucia, y en el coche oí que mi padre comentaba a mi madre "espero que no nos rallen el coche cuando vean la matrícula de Barcelona, allí hay gente que nos tiene manía"; recuerdo muy bien la sensación que me produjo aquella frase, el descubrimiento de que podías ser odiado no por algo malo que hubieras hecho, si no por tu origen, porque sí, por quien eres, no por lo que haces, fue muy impactante, tanto, que recuerdo bien la dura y desagradable sensación más de 40 años después. Por suerte no nos rayaron el coche.
Hay que añadir que tampoco éramos mucho de viajar por España; aparte de ese único viaje a Andalucia sólo estuvimos de vacaciones en Galicia, País Vasco y Valencia, aunque mi padre, jefe de ventas de una empresa textil, sí viajaba continuamente por toda España.
Catalanofobia universitaria. Mi primer episodio vivido de catalanofobia fue en Madrid, cuando estudiaba en la Universidad; obviando detalles que no vienen al caso y además no interesa señalar a nadie tantos años después, estuve una semana en unos laboratorio de una Universidad pública madrileña realizando unas prácticas intensivas, por la mañana de 9:00 a 14:00 toma de datos, por las tardes encerrado en el hotel analizando los datos; éramos un equipo de una docena de estudiantes de últimos cursos de carrera venido de todas partes de España, y dirigidos por un equipo de 4 docentes. Pues bien, una de las docentes "la tomó conmigo": solía ir pasando por las mesas, dando consejos, haciendo preguntas, etc, pero a mí ni consejos ni preguntas, lo que me daba eran recriminaciones y broncas, con malas maneras. Y eso cada día. Al segundo día ya empecé a mosquearme pues vi que sólo lo hacía conmigo, y mi trabajo iba saliendo correctamente, no cometía errores garrafales, iba haciendo como los demás. Decidí callar y aguantar para no meterme en líos, pues es difícil de demostrar esto del trato discriminatorio, sobre todo en esa época en la que aún no se había legislado el tema del acoso laboral. ¿Pero, por qué sólo a mí, precisamente a mí? Misterio. Hacia el final de la semana el misterio se resolvió: mientras la docente me echaba el rapapolvo diario, me dijo: "¿qué pensaban ustedes los catalanes, que sólo son ustedes los muy trabajadores? ¡Aquí también trabajamos duro!" ¡Acabáramos! Así que ese era el motivo, me tuvo toda la semana bajo presión simplemente por ser catalán. Vaya, la misma sensación que tuve de niño, materializada, hecha realidad. Tirria contra ti no por lo que tú haces, sino por lo que tú eres. Aguanté el resto de la semana al menos sabiendo el motivo del acoso: yo no tenía ninguna culpa en ello, ya era algo.
Catalanofobia en una cafetería. Algunos años después, sobre el 2004 estuve en un congreso en Múrcia; junto con un compañero de la Universidad entramos a tomar algo en una cafetería, pedimos los cafés a la camarera, todo normal, pero al volver con ellos, y oírnos hablar entre nosotros en catalán, sin el menor tapujo ni respeto por unos clientes dijo con desdén, "vaya, vaya, así que catalanes, ¿eh?" sin decir ni una palabra más dejó los cafés en el extremo de la mesa en vez de servirlos normalmente. Entre nosotros no dijimos una palabra del asunto, no nos sorprendió, era algo conocido que se conllevaba. Callamos y nos tomamos el café, con esa sensación tan desagradable de nuevo en el cuerpo de ser rechazados por quienes éramos, por de dónde veníamos, por nuestra lengua materna.
La semilla de la discordia. Valencia, 1999, estamos comiendo con mis tíos que viven allí, son votantes del PP de toda la vida, aunque nunca hablamos de política, y menos en la mesa. De repente mi tío de golpe me pregunta, como si lo hubiera estado aguantando en la punta de la lengua hasta que no pudo más, "¿pero qué estáis haciendo en Catalunya?" De buenas a primeras no entendí nada ... pero en seguida se descubrió el enredo, se refería a la supuesta persecución lingüística que se hacía en Catalunya contra los castellanohablantes, una leyenda negra absolutamente falsa, es más, es delirante. Pero rápidamente me di cuenta de que dijera yo lo que dijera, incluso viviendo allí, nada podría hacer contra la idea fija que habían insertado en la mente de mi tío, como mucho sólo conseguiría que creyera que yo personalmente no lo hacía y poca cosa más. ¿Quién o quienes habían sembrado la difamación en la población valenciana? ¿Quienes tenían tal poder de convicción que pasaban por encima de la palabra de un sobrino catalán? Obviamente, el Partido Popular y sus medios afines seguro que estaba ahí, sembrando discordia, pues a rio revuelto ganancia de pescadores. Y vaya si ganó: cuando años más tarde, en el 2006, el PP inició su campaña de firmas contra el Estatut de autonomía catalán ya tenía el terreno abonado por años de sembrar cizaña contra la autonomía catalana. Se vendían a si mismos como los mejores defensores de la nación española, y les salió bien, ganaron las siguientes elecciones con mayoría absoluta. Debería ser muy claro que tal estrategia de ganar apoyos sembrando la discordia sólo podía funcionar contra Catalunya, si hubieran escogido cualquier otra CCAA como el País Vasco o Galicia, donde también hay planes de protección del idioma local, les habría salido el tiro por la culata. Pero con Catalunya funcionó, y les sigue funcionando de maravilla.
Obligado es decir que todos esos episodios, y algunos otros de menores que no vienen al caso, siendo indignantes como eran, no me hicieron cambiar de mentalidad política ,que siguió siendo más bien de desinterés por la política, incluso de más desinterés, vistos los métodos que usaba. Era simplemente una característica de España, una de indeseable, pero en todos sitios hay de todo, ¿verdad?
Sentencias de l'Estatut y auge del independentismo
Como muchos voté sí al Estatut del 2006, y no me pareció bien ver aquellos jueces del TC, sentados en la corrida de toros, fumándose un puro, relajados como si nada, corrigiendo el texto votado por el pueblo, por el Parlament, y aprobado en el Congreso de los diputados. Por muy legal que fuera, algo fallaba: nuestro voto y todos los mecanismos democráticos, juzgados por unos señores ajenos a todo, y en actitud prepotente. Al menos podrían haberse mostrado preocupados por la envergadura de lo que estaban haciendo. Por eso me uní a la manifestación de la Diada del 11-S, a la que nunca iba, pero ese año había ese motivo especial. Y ese día volví a encontrarme con una de esos eventos festivos, alegres, multitudinarios, con gente de
todo tipo, con "buen
rollo, que además era reivindicativo, recordaba un poco al ambiente de los años 80 cuando el cambio fallido del PSOE, pero éste era mucho más multitudinario, más de un millón de personas pidiendo independencia. Recuerdo las caras de algunos líderes políticos de CiU, particularmente de Artur Mas, que nunca había sido independentista, eran caras de en parte de asombro y en parte de emoción como la que sentía yo. En esa diada empecé a sentirme independentista; ¿porqué no? Todo pacífico, familiar incluso, con un orden y limpieza únicos en el mundo, con respeto, transversal a partidos, gente de todas las edades y procedencias, con un único ideal: si no podemos avanzar en el autogobierno pues el gobierno lo impide, entonces queremos la independencia de ese estado. No fui el único: en ese año el apoyo al independentismo, que había sido siempre marginal, subió como la espuma.
Represión y auge de la catalanofobia
Entramos ya en tiempos recientes que todo el mundo conoce. Sólo lo resumiré brevemente presentándolo como natural, viniendo de donde venimos.
La respuesta desde Madrid a las masivas manifestaciones fue simple: ningunearlas e ignorarlas. Mientras tanto en Catalunya algunos políticos se habían sentido interpelados por la movida independentista, e intentaron llegar a acuerdos de alguna forma favorables a la CCAA, no ya en términos de independencia, sino de reclamaciones históricas pendientes, transferencias de competencias, en suma de intentar avanzar en al autogobierno siguiendo siendo CCAA; fracasaron todos los intentos de negociación. El movimiento social en Catalunya seguía presionando, en las calles, en los medios, en las redes; el clima se iba enrareciendo, y quien tenía el poder absoluto de hacer y deshacer, seguía enrocado. A medida que la sociedad se convertía en más independentista, los discursos se radicalizaban, tanto el del Estado como el de la CCAA, sin que nadie fuera capaz de pararlo. La radicalización del discurso llega de forma natural a los partidos, y luego a los medios; la población recibe información radicalizada en posiciones extremas. En España por desgracia el terreno de la discordia hacia Catalunya estaba abonado desde hace décadas, y la nueva situación alimentó la catalanofobia secular hasta límites intolerables en cualquier país civilizado, con portadas de medios, programas radiofónicos, y como no redes sociales diciendo barbaridades; hay muchísimos ejemplos delirantes, como el caso de Jiménez Losantos o declaraciones de P. Casado comparando la situación con la de los años de plomo en el País Vasco.
La guinda del pastel represivo la pone el Estado español a través de muchos de sus representantes: altos mandos militares pidiendo el estado de excepción, ministros arruinando la sanidad pública catalana como parte de una guerra (muy) sucia, El Rey abandonando su posición neutral para pedir caña contra Catalunya, otro ministro diciendo que hay que desinfectarnos, otro más diciendo que hay que castellanizarnos, manifestaciones de protesta sin altercados o con episodios puntuales presentados ante la justicia como rebeliones violentas contra el Estado, prohibición de tratar temas en un Parlament, con cárcel para la presidenta por permitirlo, incluso se planteó acusar de sedición a todos los manifestantes de la diada del 1-O, o sea que a punto he estado de ser declarado sedicioso, y el aporreamiento gratuito y brutal de votantes en colegios electorales que fue la vergüenza de España en el mundo. Todo un enorme despropósito que ha servido, a un servidor, a tener su segunda gran decepción política: creía que vivía en un estado plenamente democrático donde la justicia y las leyes se usaban para proteger la convivencia, para protegernos a los ciudadanos; ha quedado claro que no es así, es un Estado que se protege a sí mismo, que desprecia al ciudadano (ojo, no sólo a los catalanes, a todos los que "den problemas"), y que usa cuando le interesa las leyes como arma represiva.

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