Guerras antiguas y modernas de dominación de pueblos
En una galaxia lejana, hace mucho, mucho tiempo, vivía una civilización primitiva. Se agrupaban por territorios en los que vivían por generaciones sin tener casi contacto con otros territorios. Aislados entre sí, cada población de cada territorio desarrolló sus propias costumbres, idioma, y forma de ver el mundo, o sea su propio carácter colectivo.
Con el tiempo algunos de los miembros de esos territorios se aventuraron a explorar nuevos territorios, en parte por curiosidad, en parte por encontrar nuevos recursos naturales; al encontrarse entre sí diversos territorios establecieron relaciones, a veces fueron relaciones amistosas, comerciales, culturales, pero a menudo fueron hostiles, robando recursos a otros territorios e incluso luchando a muerte entre sí para controlar totalmente el territorio ajeno; en este último caso los supervivientes del territorio ocupado eran privados de todos sus bienes y esclavizados. Esta nueva situación perduró durante mucho tiempo.
Pasaron siglos, y algunos de esos pueblos, pues así dieron en llamarse esos habitantes que compartían un origen, cultura, lenguaje y costumbres, los más guerreros de esos pueblos, conquistaron muchos territorios, consiguiendo un gran poder, de forma que pocos pueblos pequeños sobrevivieron a las conquistas, la gran mayoría fueron anexados por la fuerza a los dominios de los pueblos más agresivos, que creaban imperios, conteniendo muchos otros antiguos pueblos antiguamente independientes y ahora esclavizados. El ansia de poder de los dirigentes guerreros no tenía límites, así que nunca tenían suficiente, deseaban más, y las guerras por controlar territorios escalaron hasta ser terribles guerras entre imperios; tales guerras duraban décadas, incluso siglos, con mortandades muy elevadas, cosa que no importaba en absoluto a nadie, ni a los señores de la guerra ni a los combatientes, pues todavía estaban poco evolucionados.
Pasaron más siglos, y se perfeccionaron las técnicas de la guerra. También lentamente los habitantes de aquella lejana civilización fueron evolucionando, volviéndose un poco más sensibles al sufrimiento ajeno, sólo un poco. La esclavitud de los perdedores en las conquistas empezó a estar mal vista por algunos, y se empezó a cambiar por la menos agresiva colonización: los pueblos ocupados eran absorbidos, sus antiguas costumbres prohibidas y sustituidas por las dominantes, y la resistencia a ser colonizado se castigaba duramente. Con eso era suficiente para controlar los territorios ocupados, y no era tan feo como la esclavitud.
Pero los señores de la guerra seguían ansiando más poder, y durante un nefasto siglo, el peor de esa civilización en cuanto a destrucción mutua, algunos de esos pueblos intentaron conquistar ya no a otro pueblo, sino a todos los pueblos del planeta, creando un único gran imperio. Con los nuevos adelantos técnicos, el número de muertes aumentó grandemente, y los que pensaban un poco se dieron cuenta de que la civilización corría el riesgo de autodestruirse, de que después de otra gran guerra de conquista, no quedara nada ni nadie. Por eso cuando terminó la última gran guerra esos habitantes con dos dedos de frente de diversos pueblos decidieron crear una organización que los agrupara a todos y velara por la paz y el progreso. Y efectivamente las grandes guerras imperiales no volvieron a suceder. Se detuvo la tendencia de conquista de nuevos territorios, incluso se estableció que los territorios ocupados que estuvieran separados geográficamente del pueblo ocupador, denominados colonias, debían recuperar su independencia. En cambio no se decidió nada respecto a los pueblos ocupados en territorios contiguos al pueblo dominante, hubiera sido demasiado complicado deshacer esas ocupaciones.
En los territorios dominados por un pueblo conquistador gracias a antiguas guerras de conquista, se dieron dos casos: algunos pueblos dominados se habían integrado muy bien al dominador, las diferencias se habían diluido y en la práctica esos pueblos que agrupaban varios antiguos pueblos conquistados por uno dominante, eran uno solo, y las diferencias locales no eran más que folclore; en otros en cambio los antiguos pueblos independientes hoy dominados seguían manteniendo su carácter, marcado por una cultura y unas costumbres propias, que mantenían dentro de lo posible a través de los siglos. En este caso, todos los pueblos dominadores, ya más evolucionados, habiendo aprendido la lección de a dónde lleva la dominación violenta, respetaron las diferencias, incluso en algunos casos dando a elegir si el pueblo dominado quería volver a ser independiente; con esa actitud pocos conflictos territoriales sucedieron.
Pero, ¡un momento! ¿hemos dicho "todos"? No es cierto, quedaba un pueblo dominante, uno sólo, uno de los que antiguamente habían sido imperios planetarios; ese pueblo guerrero tenía en parte de su territorio dominado otro pueblo dominado que mantenía vivo su carácter diferenciado a través de los siglos, lo que incomodaba al dominador. Ese pueblo dominante, menos evolucionado que otros de su entorno, mantenía todavía su carácter guerrero; tanto es así que algunos de sus señores de la guerra estaban ansiosos de volver a aplastar al pueblo dominado con un baño de sangre como en los viejos tiempos. Pero esa acción era vista como repulsiva por la sociedad planetaria para la paz, ya no podía ser. Incómodos con ese pueblo dominado pero no integrado y absorbido, probaron diversos métodos de anulación o dilución de los caracteres diferenciadores, pero sin recurrir a la guerra como antaño, pues la sociedad planetaria velaba por la paz. No les funcionaron, y eso aumentó su malestar. Por este motivo, los dirigentes dominadores tramaron una nueva guerra, pero más sutil, más psicológica, maquiavélica en muchos aspectos, para anular al pueblo que se resistía a diluir su identidad.
Y así usaron los medios de comunicación para difamar, para desinformar, para desfigurar al pueblo díscolo delante de la opinión pública, presentándolos como seres despreciables, como locos peligrosos, criminalizándolos, una antigua y perversa táctica ya utilizada milenios antes por déspotas para eliminar sectores molestos de la población sin levantar protestas por parte de la mayoría, que acababan aprobando la masacre de los supuestos monstruos, por ejemplo el emperador romano Nerón utilizó esa técnica para justificar la matanza de cristianos. La antigua táctica funcionó en ese pueblo dominante poco evolucionado y por tanto fácilmente manipulable. Les engañaron pero bien: los manipuladores llegaron a creer que los oprimidos eran en realidad los opresores (?), en realidad se lo creyeron todo a rajatabla, eran capaces incluso de negar que el pueblo ocupado hubiera sido jamás un pueblo, un absurdo viendo que ya lo eran actualmente, y la identidad de un pueblo no nace de la nada, siempre se gesta en la historia.
El gran fallo de la táctica difamatoria fue que los opresores consiguieron el efecto contrario en los oprimidos: no sólo no se integraron más sino que se diferenciaron todavía más, lógicamente por reacción, y nació en ellos el justo anhelo de la libertad, un anhelo que jamás se extinguiría. El pueblo opresor, lejos de rectificar, en su estupidez siguió reprimiendo con más fuerza si cabe, pues ese el carácter del guerrero: nunca darse por vencido, seguir intentando derrotar, eliminar al enemigo. Ese pueblo opresor tenía todavía esa mentalidad guerrera, ya desfasada para la época. Tal situación se alargó por muchos años, pues una vez inculcado el veneno de la discordia y del odio en toda una sociedad, hacen falta generaciones para limpiarlo, se hereda como parte de la cultura de padres a hijos. Todavía están así en aquel pequeño planeta de aquella lejana galaxia.
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